Un cambio trascendente

Por Leandro Grille


Para tener derecho a votar los uruguayos tenemos que obtener previamente la credencial cívica y contar, al momento de la elección, con más de 18 años de edad. Simple.


La credencial cívica, que no es indispensable presentar para emitir el voto –aunque sí es imprescindible haberla tramitado para estar habilitado al sufragio–, consta de una serie y un número. La serie identifica la residencia geográfica del ciudadano al momento de obtener ese documento, y el número, que es secuencial y no aleatorio, nos informa sobre el momento de obtención, algo que en buena medida se superpone con la edad, puesto que la enorme mayoría de la gente saca la credencial ni bien alcanza la mayoría necesaria a esos efectos.

Es claro que lo que vengo escribiendo no representa una novedad para nadie, o para casi nadie, pero sigamos con la línea de razonamiento. Para realizar una elección, la Corte Electoral fija circuitos que se corresponden con series de la credencial, y en dichos circuitos dispone mesas de votación por el número de la credencial. Con ello, surge claramente que en una mesa de votación donde votan unas trescientas personas, lo hacen, en principio, quienes vivían en el mismo barrio cuando tramitaron la credencial cívica y que, además, tienen prácticamente la misma edad. La corte no hace –ni puede hacer– ninguna otra distinción, por caso, ni de género ni de opción sexual ni profesional o cualquier otro corte de carácter social o demográfico para organizar los circuitos, por lo que es imposible saber mediante el estudio de los totales circuitales cómo se comportan electoralmente las diversas variables que integran una población.

Lo que sí podemos saber a partir de la información circuital es cómo vota la población según su edad y según localidad. Con los microdatos de una elección se puede conocer si los jóvenes de los circuitos rurales, sean cuantos sean, votan de una manera peculiar en relación con el resto de la población de su entorno, o cómo se distribuyen las preferencias por barrio en una ciudad. Todos esos datos son de por sí información valiosísima para la política, pero con un poco más de reflexión y espíritu analítico es posible extraer conclusiones todavía más interesantes sobre la sociedad y sobre los motivos últimos del voto.

Casi de inmediato a la pasada elección del domingo 26 de octubre pudimos saber que el Frente Amplio ganó en casi todos los departamentos del país, pero que Montevideo, donde sigue obteniendo el mayor porcentaje de votación que obtiene en el territorio nacional, es también el único departamento donde su votación decreció un poco en relación con anteriores instancias electorales. Supimos, además, que la izquierda compensó esa leve caída montevideana a expensas de un crecimiento notable en el resto de Uruguay, donde llegó a ganar en catorce departamentos, siendo este último acto eleccionario, por lejos, el de mejor desempeño de su historia en cuanto a la distribución geográfica de la victoria electoral.

Pasados unos días, y con intervención analítica más fina, se pudo constatar que el Frente Amplio ganó en todos los barrios de Montevideo (salvo una serie de Carrasco), pero además, que esa votación barrial mostraba un perfil inversamente proporcional a la concentración de la riqueza. Es decir, el Frente no sólo gana en todos los barrios, su votación relativa crece entre los que menos tienen y cae entre los que tienen más. Ahora bien, no estamos hablando de un crecimiento relativo en el marco de ser minoría mayor. No. El Frente es la opción electoral prácticamente de consenso en los barrios populares de Montevideo, o sea, los barrios de perfil obrero y extracción humilde. Nuevamente, gana en todos, salvo en Carrasco Sur, pero arrasa entre los trabajadores y los pobres. Por ahora todo parece obvio, pero sigamos.

No conocemos estudios sobre el comportamiento electoral por localidad en el interior del país. Si bien podemos suponer que en los catorce departamentos donde el Frente ganó lo hizo sobre la base de un crecimiento impresionante, en primer lugar, en las capitales, no conocemos la contribución de las localidades rurales de los departamentos, ni la distribución por barrios en las ciudades, y con ello, no conocemos la distribución socioeconómica del voto en el interior. Sería tentador decir que el Frente gana en el interior, al igual que en Montevideo, entre los trabajadores y los más humildes, pero quizá no sea esa la base social del proyecto frenteamplista en el interior todavía, y extrapolarlo sin más puede ser un error.

En relación con la edad de los votantes, hoy se sabe que el Frente Amplio gana en todos los tramos de edad, pero nuevamente se erige como una opción casi de consenso en uno de los tramos: los jóvenes. Los jóvenes de entre 18 y 30 años, y todavía más en el tramo comprendido entre los 18 y los 24 años, votan al Frente Amplio en su inmensa mayoría, alcanzando guarismos tan altos como setenta por ciento en algunas zonas de Montevideo. Sin llegar a tanto, de cualquier modo el Frente gana en los circuitos juveniles en todo el país y sus diecinueve departamentos. Ese dato es duro. Lo es más porque el Frente lleva en el gobierno diez años y se suponía que el voto juvenil siempre le era más esquivo a los gobernantes que a los opositores, toda vez que se espera que la propia psicología de la juventud cargue con cierta intención rebelde y contenido de transgresión el acto de votar. Pero el Frente gana entre los jóvenes, así que si admitimos que los elementos disruptivos e intrínsecamente renovadores de los nuevos votantes son un componente inherente a su estadío vital, debemos deducir que la mayoría de los jóvenes observan en el Frente, y no en los opositores, la verdadera opción rebelde y transgresora que no ven ni por asomo reflejada en los partidos tradicionales, por más que su principal candidato presidencial haya enfatizado en su campaña publicitaria electoral que representaba nada menos que el advenimiento de lo nuevo y lo moderno en un contexto de viejos carcamanes desgastados por los años y el ejercicio del poder. Con estos números fríos, Lacalle Pou puede seguir posando de adolescente perpetuo con onda, y continuar haciendo la bandera todo lo que quiera, que pese a lo que pontifiquen los politólogos, los jóvenes se muestran bien capaces de detectar detrás de ese show de sí mismo todo lo conservador y reaccionario de su pensamiento. Es fuerte. Fortísimo.

El comportamiento electoral de los jóvenes es un golpe muy duro en la estrategia hasta ahora ensayada por la burguesía. Y lo es tanto a nivel local como regional, porque el voto juvenil está volcado a la izquierda en todo el subcontinente. Es posiblemente un golpe de gracia. En primer lugar, echa por tierra las esperanzas de retorno cercano sobre la base del olvido social de la época en la que gobernaron, porque si hay un sector de la sociedad que no puede invocar la memoria vivencial como argumento para no adherir a la oposición es justamente el sector de los primeros votantes, todos ellos apenas niños cuando los partidos de derecha gobernaban. Y sin embargo, ese sector social es el que menos los vota. En segundo lugar, un comportamiento electoral juvenil tan claro obliga a la derecha política a desechar su hipótesis de que se puede acceder al gobierno simplemente vaciando las campañas de ideologías y presentándose como un producto nuevo y sin historia que viene a enfrentar de forma pragmática los desafíos del hoy, porque los jóvenes no demandan eso, y si lo demandan, no les creen. Y en tercer lugar, porque queda demostrado que el desgaste simplemente por el ejercicio continuado del poder no existe. La teoría de que un partido en el gobierno va cayendo en su aceptación social por aburrimiento, o simplemente por el efecto de permanecer y ser el destinatario cotidiano de todas las frustraciones que inevitablemente se producen, no tiene asidero en la realidad: lo que nos está diciendo el voto juvenil es que si un partido político gobierna de un modo que la gente interpreta como en sintonía con las necesidades sociales mayoritarias, no sufre apenas desgaste y hasta es capaz de cautivar a los nuevos votantes.

Es posible, finalmente, que estemos ante un tipo de cambio social. Los votos que llevaron al Frente al gobierno en 2004, implicando un salto de más de diez puntos en relación con la última votación del siglo XX en 1999, presumiblemente, fueron el resultado de votos prestados por ciudadanos blancos y colorados que optaron por un cambio de signo gubernamental ante la profundidad de la crisis del modelo implantado por los partidos tradicionales, y la devastación social a la que llevó. Cinco años después, en 2009, el triunfo con mayoría parlamentaria pero en segunda vuelta, con cierto decrecimiento de los votos y con una distribución territorial similar a la de 2004, nos hablaba quizá de una ratificación en el gobierno por su exitoso desempeño, pero con una pérdida, seguramente debida al retorno de algunos de esos votantes que habían prestado su voto por única vez en la elección anterior, a sus partidos de origen, en especial al Partido Colorado, que luego de una debacle electoral impresionante en 2004, recuperaba casi 200 mil votos (pasó de 231 mil votos a Guillermo Stirling en 2004 a 392 mil votos a Pedro Bordaberry en 2009) que se le habían fugado producto de la crisis. Pero el contundente resultado electoral del pasado domingo 26 de octubre, en el que el Frente no perdió votos, y en especial su distribución geográfica y el desempeño entre los jóvenes implican un nuevo escenario: el voto prestado ya no existe más. Lo que existe es un crecimiento de la población frenteamplista, una izquierdización de la sociedad que se debe explicar por el éxito de las dos gestiones de la izquierda pero también por la prédica del ejemplo de los gobernantes de izquierda, en particular de sus primeras figuras: de Mujica y de Vázquez. Ese es, en mi humilde interpretación, el mensaje más trascendente de las urnas: por primera vez estamos en condiciones de afirmar que el bloque conservador ha perdido de forma estructural, y no coyuntural, la primacía social en manos de las fuerzas progresistas o, lo que es más contundente y posiblemente más audaz, la sociedad uruguaya ya no es mayoritariamente de centroderecha. Algo un poco sorpresivo o inesperado, puesto que el Frente Amplio, aunque orientó claramente su gobierno en favor de los sumergidos, durante mucho tiempo renunció a dar batallas fundamentales en la lucha por la construcción de sentido y de los medios para ello.

Habrá que analizar más a fondo por qué si la ideología dominante es la de la clase que domina, y el sector social que todavía impera sobre la realidad económica y material de nuestro país, y con ello impera sobre los aparatos ideológicos, continúa siendo el mismo, se ha producido este avance cultural de nuestra sociedad. La tentación de explicarlo por la mejora económica que ha experimentado la población en estos años es grande, pero eso no es lineal, y la historia demuestra que los individuos sin conciencia de clase ni organización, en rigor, se derechizan en cuanto tienen más plata en el bolsillo. Acá pasaron otras cosas y hay que estudiarlo a fondo. Por lo pronto, si algo de este análisis es correcto, es más probable que la Unidad Popular y el Partido Ecologista disputen en próximos períodos más bancas en las cámaras que que el Partido Colorado logre revertir su tendencia a la extinción o a la fusión de su escaso electorado remanente con el electorado del Partido Nacional. Y lo que es, por cierto, todavía más fuerte: desde este punto de vista es muy improbable que la derecha vuelva a corto plazo a hacerse con el gobierno, porque aunque la izquierda deba enfrentar más temprano o más tarde un período de crisis, los supuestos ideológicos de la derecha ya no gozan de la misma aceptación social que antes. Blancos y colorados no van a poder arreglar este asunto sólo con candidatos nuevos y campañas caras. No lo van a poder resolver tampoco por un accidente histórico oportuno. La cosa para ellos es más jodida, porque lo que está pasando es indudablemente mucho más profundo.