Soberanía alimentaria

Cierto día, en un pueblo o en algún Municipio, (tanto da), aquellos flamantes y recién electos concejales se ubicaron cada uno frente al lugar de la mesa designado a tales efectos. La cabecera estaba ocupada por el Alcalde (un vecino de toda la vida en esa zona). El cura, el comisario, algunas maestras, unos pescadores, los representantes del centro comercial, los otros representantes del centro comercial, la doctora, los de la comisión de fomento, la liga de turismo, unos productores rurales, los chiquilines del liceo, algunos almaceneros, los del club de bochas y algunos vecinos más, que enterados de aquella convocatoria no pudieron resistir la curiosidad.
Rodeaban aquella mesa muy larga, varios de los personajes del pueblo. Estaba por comenzar la primer reunión del Municipio, para plantear soluciones a las preocupaciones reinantes.
Dado que el pueblo quedaba a escasos 60 kilómetros de Montevideo, los productores rurales vendían todo lo producido al “lechuza”. Aquel intermediario especulador, que al comprobar la urgencia del productor, escatimaba en el pago de las frutas y verduras.
A su vez los comerciantes del barrio, cada uno por su lado y como podían iban al mercado de Montevideo a surtirse de frutas y verduras.
Cuando la gente va a la feria o al almacén del barrio lo que termina pagando no es el valor real de la fruta. Es sobre todo gas oil y la ganancia del intermediario.
Señalado esto como tema a resolver, se planteó construir en un predio municipal un mercado para que todos los productores de la zona llevaran su producción, allí se abastecerían todos los bolicheros de la zona, y recién ahí lo que sobrara se mandaría a Montevideo.-Porque no olvidemos que en la capital hay tanta gente junta que debemos mandarle alimentos para que puedan sobrevivir. Si no, sencillamente no comen.
Una vez solucionado este tema del ahorro de combustible, se avanzó al siguiente y no menor, el de organizar la producción de un modo tal, que no falte ni sobre mucho (lo segundo ya resuelto).
Con los antecedentes de lo vendido por los almaceneros, se hicieron las proyecciones de lo que se necesitaría por año para satisfacer la demanda de la población local y además era cuestión de calcular los pollos per cápita por año, los boñatos necesarios y óptimos por familia, las papas, tomates, chanchos, huevos, lentejas, etc.…
Así se le prometió a cada productor que si plantaba cada uno lo que se le encargaba, toda su producción sería comprada.
Con esto, la soberanía alimentaria estaba naciendo, con ella también, surgieron propuestas de impulsar la tracción animal para trasladar la producción hasta el mercado y de esta forma al ser tramos cortos no se exigiría a los caballos y nos ahorraríamos mucho gas oil y su contaminación asociada.
De esta manera y como un acuerdo, se resolvió poder comer alimentos de buena calidad, producidos en el medio local y además baratos.
Cualquier Municipio o pueblo tiene hoy la capacidad de reorganizar su comunidad, dónde se pone el acento y dónde se recorta. Sólo hace falta iniciativa y voluntad. Voluntad de un puñado de vecinos con convicción. Mancomunar las fuerzas sean del comité de base o de la Iglesia, con los de Peñarol y los pescadores, para esto solo hace falta Pueblo.

 

Ismael Errandonea.