Los obligados a esconder

Por Leandro Grille


 

 

No le podemos pedir a Lacalle Pou que sepulte sus aspiraciones presidenciales en un único acto de confesión pública. No se lo podemos pedir porque no le podemos pedir a un hombre que declare contra sí mismo, mucho menos en el marco de una campaña electoral que se desarrolla en el terreno hostil –para sus intereses– de un consenso social mayoritario volcado hacia ideas opuestas a las que él defiende.


 

Pero lo que sí podemos hacer es avisar que las frases de agencia publicitaria pueden ser útiles para arrimar, pero están techadas. En algún momento, si uno quiere ganar una elección, hay que jugársela un poco y decir algo más que somos jóvenes positivos y vamos a gobernar con los mejores, porque estamos a favor de todo lo bueno y en contra de todo lo malo.
“Si mañana hay alguien que tiene un tatuaje del Che Guevara y es el mejor, lo vamos a ‘manotear’ y lo vamos a traer” -dijo Lacalle Pou en Maldonado hace unas semanas–, “porque los mejores no sólo están dentro del Partido Nacional, están a lo largo y ancho de todas las colectividades” –reafirmó este miércoles en un acto en Progreso– y, naturalmente, “si son los mejores para el país, son los mejores para el equipo del Partido Nacional”. Pues bien: hay una serie de reflexiones obligatorias sobre esa insistencia aristocrática –en el sentido original– del candidato nacionalista, porque no olvidemos que etimológicamente aristocracia es el “gobierno de los mejores”, aunque históricamente haya derivado hacia una acepción más relacionada con la condición social de los que detentan el poder que con una valoración de sus capacidades.
Es indispensable preguntarse qué son “los mejores” para Lacalle Pou. De qué modo es posible identificar a un individuo “mejor”, que lo sea a tal punto en algún sentido que pueda ser seleccionado para gobernar sin detenerse en el detalle de si es un seguidor de las ideas del Che o, por el contrario, es un admirador del ex presidente español José María Aznar como confesó el candidato nacionalista. Es indispensable preguntarse si lo que Lacalle Pou nos está ofreciendo es una tecnocracia, es decir un gobierno compuesto de técnicos que serán seleccionados con base en su currículum o serán sometidos a algún tipo de modalidad concursal de oposición y méritos. Porque de otra forma resulta inexplicable, salvo desde el punto de vista publicitario, que machaque y machaque con la idea de que su gobierno positivo se va a integrar con individuos elegidos no ya por sus ideas, sino más allá de ellas, porque a él no le importarían las ideas que alguien profese y los tatuajes que se grabe en la piel, solamente le importaría su dominio de alguna técnica, su conocimiento de alguna disciplina o, eventualmente, su genética, para hablar en términos de Rural del Prado.
Es obvio que Lacalle Pou no va a poner al frente de la política económica al mejor o a la mejor. Va a poner a una economista que piensa como él, que tampoco es el mejor ni se está presentando a un concurso sino a una elección, y esa economista que se llama Azucena Arbeleche, y que era una funcionaria algo gris del MEF, no fue elegida porque sacara 12 en los parciales de la Facultad, fue elegida porque comparte la ideología neoliberal de Lacalle Pou, pero simultáneamente tiene la virtud de que no la conoce nadie y, lo que es mejor aun, nadie conoce sus ideas. Porque si Lacalle Pou hubiera seleccionado a Ignacio de Posadas para ser su ministro de Economía o a uno más joven pero no por eso menos prendido fuego como Ernesto Talvi, entonces cabe presumir que se habría granjeado el rechazo de toda la población con memoria que existe en Uruguay, que no es poca, por tres razones: porque no pasó tanto tiempo y el sufrimiento fue demasiado, porque Uruguay es un país repleto de viejos memoriosos y porque por las dudas de que alguien no haya vivido los años noventa y los primeros de este siglo o haya cometido la imprudencia de olvidar, los que sí vivimos esos años se los estaríamos recordando punto por punto.
Los mejores no existen. Puede que en las áreas específicas dentro de una repartición existan un montón de cargos técnicos y sería saludable que Lacalle Pou o Bordaberry en caso de obtener el gobierno, mantuvieran la práctica iniciada por el Frente Amplio de llamar a concurso para llenar esas plazas. Pero la conducción de las políticas públicas no puede ser llevada adelante desde la noción por lo menos equivocada, cuando no deliberadamente falsa, de que existe una forma de gobierno que no está impregnada de ideologías. Esa es una vil estafa, y la proclamación de que se va a gobernar con individuos políticamente asépticos, elegidas mediante un criterio de selección técnica, como quien elige jugadores para ir a una Copa del Mundo es una de las trampas más peligrosas del marketing político actual.
La derecha gobernó Uruguay durante muchos años. La aplicación del modelo neoliberal, o liberal, aperturista, concentrador y excluyente como le gustaba decir a Daniel Olesker, tuvo un desenlace trágico. Pero incluso antes de su desenlace dramático en 2002, sus resultados fueron siempre malos en términos de empleo, salario real e inclusión social. Hasta la llegada del Frente Amlpio, ningún gobernante de la posdictadura concluyó su mandato con popularidad ni con respaldo a su gestión. Ninguno. Ni Julio María Sanguinetti ni Luis Alberto Lacalle ni Jorge Batlle.
Los blancos y los colorados se acostumbraron a un tipo de evolución de la valoración social de una regularidad asombrosa, homologable a la de una relación amorosa. Comenzaban sus gobiernos con una alta popularidad, vivían lo que se llamaba la luna de miel, un momento de un obnubilación general parecido al enamoramiento, en el que la sociedad les perdonaba todo y ellos se podían permitir impulsar cualquier clase de proyecto con cierta gracia de la ciudadanía, y luego de transcurrida esa luna de miel que, como mucho, duraba un año o dos, comenzaba el declive, la caída pronunciada de la aceptación social hasta llegar al liso y llano rechazo, al odio. En ese momento venía la elección y el candidato oficial marchaba al spiedo y el Frente Amplio crecía. Hasta que llegó el día en el que el Frente Amplio creció tanto que tuvieron que aplicar una reforma constitucional para inventar la segunda vuelta, de modo de impedir que alcanzara el gobierno tan pronto como en 1999, pero eso apenas alcanzó para postergar el triunfo del Frente un período más.
Esta forma de transcurrir la política y la gestión hizo escuela. Los analistas políticos, tanto del ámbito privado como de la academia, hablaban en esos términos. Todos repetían que un gobierno consistía en una serie de etapas inevitables como si fueran las etapas biológicas o las estaciones climáticas. Todos repetían que el tiempo efectivo de gobierno era menor al tiempo reglamentario y que la oportunidad de hacer grandes transformaciones se agotaba dentro del segundo año. Como si fuera una ley de la naturaleza.
Tuvieron que llegar Tabaré y después Pepe para demostrar que una persona podía gobernar un país y retirarse con una aprobación del sesenta o setenta por ciento. Tuvo que llegar Danilo Astori para que un ministro de Economía pudiera ser recordado con cariño hasta por sus opositores. Hasta la llegada de ellos, los presidentes se iban del gobierno con una estela de rechazo tan grande que era capaz de impedirles ganar nunca más, como el caso de Luis Alberto Lacalle, recordado por conducir el gobierno con más procesamientos por corrupción de la historia. En cualquier caso, la única chance que les quedaba era que el tiempo diluyera la memoria sobre sus gestiones. Ese era su pobre destino. Ni en sus mejores sueños se imaginaban retirarse como se retiró Tabaré, con más del sesenta por ciento de aprobación, ni retirarse como se va a retirar Pepe Mujica, que sólo le falta el premio Nobel para transformarse en el político uruguayo más popular en el mundo de toda la historia.
Como la derecha gobernó muchos años, y su ideología concitó tantos fracasos y tanto rechazo, luego de toda esta temporada de ostracismo debieron recurrir a una nueva estrategia para retomar el poder: esconder las ideas. Presentarse como un producto moderno, sin ataduras, sin ideología, que ya no promete para que nadie le recuerde que nunca cumplieron. Como ya no pueden decir lo que piensan hacen gimnasia por televisión, se la dan de high tech y hablan de que van a gobernar con los mejores, aunque tengan tatuajes del Che Guevara. Lo pueden decir porque el Che es el guerrillero heroico y su imagen está en todas las remeras, porque la aceptación social de nuestros mártires es muy distinta a la de sus ídolos. Jamás a Tabaré Vázquez se le ocurriría decir que va a gobernar con los mejores, aunque los mejores tengan tatuajes de Francisco Franco. La derecha sólo podrá volver a gobernar escondiendo sus ideas, están condenados al ocultamiento: ese es su castigo por haber hecho tanto daño. Eso es Lacalle Pou. Eso es Bordaberry. Dos hombres que para triunfar deben esconder sus ideas, a sus maestros y hasta a sus propios padres.
* Publicado en Caras y Caretas