Llevame contigo

Por Eleuterio Fernández Huidobro, Ministro de Defensa Nacional


 

El nueve por ciento de nuestra población es afrodescendiente y la Ley dice que en las reparticiones públicas se deben cubrir las vacantes respetando ese porcentaje.
Uruguay ha sido crisol de inmigrantes provenientes de muchos lugares del mundo que, por el hambre, la pobreza, las guerras y conflictos de todo tipo, tomaron un día la durísima decisión de emigrar y por ella llegaron a nuestras playas.
Muchos, a no olvidarlo, vinieron contratados y endeudados a priori, por empresas capitalistas que los “importaron” aprovechando su pobreza y otras necesidades, para poblar con ellos barrios y colonias que formaban parte del negocio.
Pero los que vinieron de África fueron los únicos que llegaron traídos a la fuerza por buques y comerciantes negreros, capturados salvajemente, encadenados y destinados a la esclavitud en la peor de sus formas.
Sin embargo, tanto ellos como sus descendientes, no sólo echaron raíces -a pesar de todo- en este terruño sino que fueron sus constructores en todos los sentidos.
Por el trabajo, principalmente; pero también por su aporte a nuestra cultura en sus mejores manifestaciones incluyendo las más originales o “uruguayas”.
Y, por fin, porque a la hora de pelear por nuestra Independencia engrosaron sin vacilar los ejércitos artiguistas, dando capitanes mártires y gloriosos, decisivos en algunas batallas, como el Capitán Videla en la del Cerrito y porque con sus mujeres y ancianos acompañaron el Éxodo que parió Patria.
También participaron en todas las demás guerras que sembraron de sangre nuestro siglo XIX y principios del XX.
Recordemos por ejemplo aquella Divisa colorada que un soldado llevaba rumbo a la batalla y que rezaba: “negro seré: blanco en la puta vida”.
En filas blancas podían verse también Divisas sobre pieles morenas, sin olvidar al famoso Clarín de Saravia, el Negro Camundá, que cuando lo tomaron prisionero e iban a degollarlo, los colorados le dieron su clarín y le ordenaron que tocara, como tantas veces, “a degüello”.
Aquél hombre genial, frente a la muerte inminente, tocó su clarín como nunca: pero no al degüello que lo esperaba sino a “rancho” (el toque militar llamando a comer).
Sorprendidos y casi sin poder hablar por la risa ante el toque insistente, estridente e interminable, le perdonaron la vida.
¿Acaso los afrodescendientes le devolvieron al Uruguay con mal, todo el tantísimo mal que les hicieron?
Por el contrario, derrotaron física y moralmente, con su tan abundante amor derramado, a los execrables miserables que se enriquecieron con su tráfico.
SIn ellos y ellas, sin su aporte, Uruguay no sería Uruguay tal como nos gusta.
Pues bien: desde hace un tiempito algunos africanos vinieron de contrabando y hasta de polizones, con grandísimo trabajo, por su propia cuenta. También algunos deportistas que se aquerenciaron e hicieron época.
Sin embargo, desde hace trece años, tenemos nuestra principal Misión de Paz en el Congo.
Por ella han pasado miles de compatriotas, incluso afraodesdendientes, tanto militares como civiles.
Nos han representado muy bien; se han ganado el cariño y el respeto de aquella tan golpeada gente.
Principalmente las niñas y los niños huérfanos que tan rápido aprenden a hablar nuestro idioma en versión “uruguaya” y hasta actúan como traductores…
Y que rodean en bandadas incansables nuestras Bases y piden, incluso a los periodistas les piden: “no te vayas, y si te vas, llevame contigo”.
Hay de esto testimonios gráficos y audiovisuales de sobra que están disponibles.
Sobran más palabras.