Llegó la hora

Por Leandro Grille


Uno de los cambios electorales más interesantes que mostró la elección del domingo 26 es la interiorización del voto frenteamplista. Con ello me refiero al crecimiento notable del voto a la izquierda tierra adentro, en feudos históricos de los partidos tradicionales.


Si bien en Montevideo y en la zona metropolitana se registró una caída del Frente Amplio (FA) que algunos han querido atribuir a cierta disconformidad con la situación de la seguridad u otros elementos polémicos que han permeado a la clase media urbana, en términos globales lo que ha sucedido es que el electorado capitalino fundamentalmente se ha corrido a la izquierda, produciéndose cierto goteo a partidos menores que se autoproclaman más radicales, lo que deberán demostrar en este período en la cancha grande, porque uno de ellos, Unidad Popular, ha alcanzado representación parlamentaria.
Pero que Uruguay haya producido ese desplazamiento hacia la izquierda no sólo ha sido el producto necesario de completar dos gestiones exitosas y de un avance en la batalla ideológica, sino también de tener entre los principales cuadros de la izquierda (llámese Tabaré Vázquez, José Mujica, Danilo Astori, Raúl Sendic o Constanza Moreira, por nombrar algunos) un equilibrio muy razonable de personalidades de diferente alcance en el entramado social. Son estos cuadros personalidades que tienen una prédica enorme en estamentos diversos de la sociedad y que concitan el respeto y la adhesión ciudadana a veces como figuras, a veces por su sinergia. No son liderazgos idénticos ni homogéneos, y si bien patean todos para el mismo lado, difieren hasta en su registro discursivo e impactan de forma muy distinta en los muchos rincones de la gente.
Es una excelente noticia para el FA que la izquierda haya comenzando a permear de forma mucho más significatviva en el electorado extracapitalino. Incluso es una noticia mucho más importante que la pérdida relativa de apoyo en Montevideo. Nos habla de una sociedad que, muy por el contrario al relato habitual de los medios de comunicación, ya no tiene tanto miedo, ya no tiene los dos miedos más importantes que puede albergar una sociedad: el miedo a las ideas y el medio al cambio. Si ese miedo se hubiera perdido antes, cuánto sufrimiento se habría ahorrado a nuestro país, pero las cosas son como son, y las ideas cobran mucho más fuerza persuasiva cuando por algún motivo de la historia, les llega su hora.
Llegó la hora de comenzar a avanzar hacia la sociedad nueva. El próximo gobierno del FA no debe dormirse en los laureles ni apenas insistir en las políticas que han dado resultado; debe proponerse nuevas transformaciones, algunas todavía más profundas, que permitan que en cinco años hayamos eliminado la pobreza y el remanente de indigencia, que mientras todavía exista se erige como un recordatorio inocultable de que falta mucho tramo por recorrer y quedan muchas cosas por cambiar y muchas batallas por dar. Será necesario un salto en calidad, como no hace tanto propuso el Frente Liber Seregni en un documento muy importante, o una inflexión, como le llaman otros sectores.
Ese nuevo rumbo supone un debate mucho más abierto y franco con la gente, para que todos podamos irnos persuadiendo de la necesidad de encararlo, pero además requerirá una participación mucho más intensa de la sociedad movilizada mediante la organización popular. No va a ser posible avanzar en profundidad sin asumir sin medias tintas la polémica ideológica y la batalla cultural con los defensores de lo viejo y, muy especialmente, con sus aparatos ideológicos. Esto es así, porque no es lo mismo acceder al gobierno, ni siquiera varias veces seguidas, que construir las mayorías necesarias para avanzar en un proyecto socializante, por lo menos en algunos aspectos, superador de nuestro sistema económico.
Sin embargo, el desafío latinoamericano está ahí. Cada vez queda más claro. Si el proyecto progresista no logra asentar las bases de un nuevo modelo productivo y una nueva forma de organización de la sociedad, que necesariamente debe nutrirse y edificarse sobre un nuevo consenso social –lo que no es, por cierto, la unanimidad indeseable e imposible–, más temprano o más tarde va a retroceder.
Por cierto, un rumbo de esta naturaleza tendrá enemigos feroces. Es prácticamente inexorable. En primer lugar, los medios de comunicación, llamados a ser los suplantadores de una oposición demasiado débil y poco atractiva para la población; en segundo lugar, el resto de los poderes fácticos y sus conexiones nacionales e internacionales. Las imputaciones de carácter peyorativo del tipo de populistas, autoritarios e insensatos no tardarán en llegar en cuanto la izquierda en el gobierno acometa la tarea de asumir posiciones apenas un poco más audaces, pero que son fundamentales para construir un país más igualitario y con mayor desarrollo económico, social y cultural. Para afrontar el desafío de la hora, el propio FA no puede postergar más una seria reflexión interna sobre su papel y su capacidad de participar en la lucha política y en la movilización. Es imperativo decir esto. No vaya a ser que los tremendos éxitos electorales nos hagan olvidar que la herramienta no pasa por su mejor momento, que la militancia entre elección y elección luce alicaída y falta de motivación, y la poca que va quedando en los comités de base envejece sin encontrar el camino para crecer ni para renovarse.
Este será el último gobierno en el que contaremos con las grandes figuras de la izquierda nacional, todos ellos ya muy entrados en años. Este será el gobierno llamado a impulsar decididamente la renovación. Una renovación que no puede ser exclusivamente el fruto de la promoción de los nuevos cuadros técnicos y de gestión que la izquierda ha producido, sino que debe alcanzar a los liderazgos políticos, a los constructores de relato y de sentido, a los hombres y mujeres que muy próximamente serán convocados a liderar la lucha por la continuidad del proyecto progresista no sólo en el ámbito de las instituciones, sino en el barro de la vida, en las plazas, en las avenidas, allí donde se forja lo mejor de la historia.

* Publicado en Caras y Caretas el viernes 31 de octubre de 2014