La Inmensa Realidad

Por Eleuterio Fernández Huidobro, Ministro de Defensa Nacional


 

Los uruguayos somos seres sin territorio: en inmensa mayoría habitamos alrededor del Puerto de Montevideo (en la llamada Área Metropolitana) y colindamos al este con la ciudad “argentina” de Punta del Este, al oeste con la paradójica Cárcel de Libertad y, al norte, nuestra peculiar frontera interna va yendo hasta donde llegan los camiones de CONAPROLE.
El resto es una inmensa penillanura habitada por doce millones de vacas y unos 8 millones de ovejas (que llegaron a ser 22 millones no hace mucho): un paradojal desierto verde, fértil y mojado pero sin gente.
Y, lo que es peor: en dicho fenomenal desierto, los uruguayos también nos concentramos en ciertas islas urbanas de menor porte: las Capitales Departamentales y otras ciudades.
Por el sur nos pasa lo mismo: un inmenso mar, tan grande como el área terrestre (y más si le agregamos nuestro sector en la Antártida) constituye el absolutamente vacío Departamento Veinte que no tiene Intendente ni nada por el estilo, por el que divagan inmensas manadas de pescado crudo, caminan por abajo toneladas de moluscos, bivalvos y cangrejos (algunos de los cuáles valen más que el oro), o yacen estratégicos cables de comunicación internacional. Y, en el subsuelo, ignotas reservas de minerales y tal vez hidrocarburos
En dos o tres siglos le hemos ido dando la espalda tanto al mar como a la tierra: “vamos para afuera” decimos totalmente equivocados, cuando vamos para el Interior.
Esto, que como se ve es cultural, civilizatorio y hasta ideológico, es muchisimo más grave de lo que parece pero, sin embargo, ofrece posibilidades inmensas y muestra un futuro apasionante y abierto de par en par para la gente joven de este bendito país: allí, en esos dos desiertos paradojales reposa su inconmensurable herencia y su Futuro que hoy ya está presente.
Porque esta cruda realidad que para nada es una casualidad obedece a la Historia: es una causalidad.
El otro día viajamos desde Montevideo por más de cuatro horas hasta donde el diablo perdió el poncho y fuimos al Rincón de Zapata o Puntas de Zapata, contra la Laguna Merim, en el Departamento de Treinta y Tres, en su límite (el río Tacuarí) con Cerro Largo.
Pasamos por Vergara y entramos en aquellla llanura verdísima, como mesa de billar hasta el horizonte de ambos lados, surcada por canales.
Quilómetros de arroceras, tacuruses y chajáes hasta llegar, ya cerca del Lago Meri, a un viejo casco de estancia donde funciona, en medio de tanta soledad, una UTU rara y milagrosa.
Debemos corregir: en realidad fuimos a ver un milagro.
Seamos ateos, agnósticos, religiosos de cualquier religión, no importa: en Puntas de Zapata se puede ver un milagro. Basta con ir para creer o reventar.
Fue necesario aglutinar como en una crema, la fe del Obispo de aquella Diócesis; la de un cura que allí trabaja y que nos recibió en la portera; la de un otrora juvenil militante social montevideano, la energía de Docentes y Autoridades Regionales de la UTU, y la locura del Presidente Mujica para producir el milagro:
Cuarenta y dos muchachas y muchachos, convocados por un Centro de Enseñanza que aterrizó en tamañas soledades vienen (fueron viniendo) desde ochenta quilómetros a la redonda para culminar el primero y segundo año del Ciclo Básico y además obtener saberes agropecuarios.
¿De dónde salieron? ¿Dónde estaban esas chiquilinas y esos chiquilines?
Las preguntas pueden ser infinitas y hasta con malas palabras.
Ahora, por ejemplo, estàn inventando incubadoras que nos mostraron con orgullo: la verrdad es que son un “boñato” tecnológico pero, además de haberlo hecho ellas y ellos, andan: de los huevos salen pollitos.
Han aprendido los misterios de la electricidad, los termostatos y los termómetros.
Pero también las sagradas leyes de la Vida que rigen la ideología de los huevos.
A lo lejos, por la radio, Mujica también peleaba por los secuestrados de Guantánamo… escena irreal muy propia de Uruguay en campaña electoral.
La muchachada del Primer Año trabajaba en la huerta y cosechaba acelgas.
El año que viene se inaugura el Tercer Año para completar el Ciclo Básico por dónde el diablo perdió el poncho.
Cerca de ellos, sus madres recibían un curso de gastronomía (estaban haciendo el curso práctico).
Y unos días antes, tal vez sus padres o sus hermanos mayores, recibieron cursos y certificados de clasificación de lana, esquila, y otros menesteres. Calificándose.
El Ministro de Defensa les hizo preguntas: algunos quieren ser domadores pero “etiqueta negra”: desean aprender “doma racional”.
Otras y otros quieren aprender equino-terapia.
Y Como ya conocieron el Río de la Plata pasando con sus madres unos días en Anchorena junto a otras y otros chiquilines y madres provenientes del Uruguay Profundo, ahora quieren conocer el Océano. Verlo.
Sueñan con ir a Rocha. Solamente dos niñas y un niño conocen el Océano en ese lugar de Puntas de Zapata.
Volvimos, más de cuatrocientos kilómetros al sur, con el alma levantada.
Sabiendo firmemente otra vez que los sueños pueden hacerse realidad tan solo con un poco de buena voluntad. Pero falta mucho por hacer: nos trajimos un montón de compromisos anotados en un papelito.