Imputabilidad: Entre análisis erráticos, el desespero y la manipulación social

Por Diego Barboza, Director Departamental del INAU en Maldonado

Apuntes a favor de la adolescencia

  A modo de Introducción

Resulta difícil abandonar la casi certeza de que en el devenir inevitable y deseable de la sociedad, a nuestro País le toca enfrentarse a un conjunto no menor de ciudadanos y ciudadanas que -algunos desde el desespero de lo vivido en un extremo, y en el otro, el oportunismo y la mediocridad vital-;  buscan impulsar un conjunto de medidas que -no sólo de aprobarse-, sino de hacerlo en las condiciones actuales, tira por la borda varios “mitos” transversales de nuestra sociedad, signados en la solidaridad, el valor de la cultura media y sobre todo, el proyecto de habitar un territorio con futuro, en términos de calidad de vida y posibilidad.

Cuando referimos anteriormente a los motivos extremos de un devenir de razones para acompañar lo que se ha denominado “bajar la ley de la imputabilidad”, lo hacemos porque debemos considerarlos y analizarlos.

Cómo no intentar comprender el dolor del conjunto de las personas que han sido víctimas de situaciones que van desde la pequeña expropiación de algún objeto material, hasta el de aquellas que han tenido que vivir de manera desgarradora pérdidas irreparables.

Máxime, cuando como sociedad no hemos podido desarrollar hacia estas personas –ni desde la sensibilidad individual ni política- un acompañamiento certero, estructural y estructurante, desde el cual indignarnos y fortalecernos juntos.

Reparación económica para la víctima y odio para el victimario como las respuestas privilegiadas; . . .  sólo dicen de nuestra frialdad mercantil y de nuestro espíritu vengativo.

Cada víctima ha sido usada únicamente con fines mediáticos y como materia prima para alimentar un proyecto de transformación en extremo punitiva, un interés   que antecede al sufrimiento.

Estamos casi convencidos, que la tristeza de algunos acontecimientos, operan únicamente como motivo justificante para que otros dejen salir de manera justificada, contenida y opacada,  una naturaleza en extremo anti-social que expresan deseos de muerte, de tortura, de venganza, de fobias sociales, enquistadas en las estructuras individuales de algunos ciudadanos. Basta para comprender esto, leer los comentarios dejados en los medios escritos cada vez que se presenta un hecho no deseado.

Resulta ser entonces, que un homicidio o una rapiña, o un hurto, es motivo suficiente para decir y desear las perversidades más atroces que de seguro jamás han pasado por la cabeza de muchos de los denominados  “menores”.

Tenemos algunos adolescentes, muy pocos, que tienen muy comprometida su posibilidad de desarrollar habilidades para una vida con bajos niveles de conflictividad; pero la casi totalidad, ni cerca se encuentran de poseer el odio estructural hacia el otro como el que poseen algunos lectores y otros que narran fabulosamente acontecimientos tristes.

Y en el medio el ciudadano más común y corriente,  más estándar. El que va a trabajar y vuelve, que cuida o no de sus afectos y sus cosas, que circula por la ciudad y que en general, no ha vivido directamente hechos delictivos de alto nivel traumático; es decir, individuos que acceden a determinados aconteceres a través del relato de otros ya sea personas o medios de comunicación. Este conjunto de individualidades, realiza su construcción de ciertos aspectos de la realidad sesgados necesariamente por la intencionalidad comunicativa de otros. No han vivido directamente los hechos más desaprobados, pero las formas en que los mismos son representados tanto cualitativamente como cuantitativamente (sistemáticamente mencionado hasta la saturación) los conducen necesariamente, a una penetración discursiva y visual que lo lleva al extremo de casi haber vivido un hecho.

La experiencia desagradable vivida por un individuo y una familia se convierte, en algo vivido prácticamente por todos, pero no en términos de sensibilidad hacia los afectados sino en términos de ficción individual de haber sido el afectado. El otro va desapareciendo como otro y lo que emerge es mi yo y nada más. El compromiso es con uno mismo y ya no queda nada vinculado a la empatía y la sensibilidad.

 

Ese ya no es un otro, eso es un monstruo

Apuntes para la ciencia ficción.

Cuando proyectamos la venganza sobre el otro, el deseo de exterminarlo, de torturarlo, de enterrarlo, de mandarlo para siempre a la cárcel más sucia y oscura, cuando quiero lincharlo, cuando todo eso forma parte de lo que constituye a ciertas personas, y cuando todo ello es volcado hacia otro individuo; cuando eso sucede, ese otro punsante ha comprometido su propia condición y se ha ubicado en el conjunto de los aberrantes, que por cierto, son los menos en una sociedad, y no siempre han perdido su posibilidad de circulación social.

Existe acaso un motivo que por encima de otro, transforme el acto premeditado de quitar una vida o de querer quitarla, en algo justificado y que se deba amablemente aceptar.

¿Existe justificativo para acompañar la denigración de un cuerpo el cual ya ha sido reducido?

Quizás debiéramos realizar un estudio en el cual, presentando públicamente a la población el cuerpo-individuo de alguien que haya cometido una infracción media, podríamos evaluar qué tipo de sociedad hemos venido construyendo. A título personal, quiero creer que son pocos quienes estarían dispuestos a torturar, a arrastrar y hasta descuartizar el cuerpo de ese otro. De lo contrario mi tristeza sería aún mayor.

 

¿Cuál es la estrategia utilizada para opacar esa perversidad?

Necesariamente la modalidad de algunas respuestas, dentro de la cual incluimos la de asignar penas de adultos a jóvenes adolescentes, requiere de una suerte de anulación de los “victimarios” como individuos, de lo contrario, quienes se encuentran convencidos de que estas respuestas son justas (lo cual a mi creer resulta ser mucho menor que el número de personas que acompañarían) ocuparían el lugar concreto y certero que la mayoría de los que han cometido infracciones jamás ocuparían; el lugar del verdugo.

Esa anulación del otro como ser humano requiere la construcción a partir de su negación, de alguna otra cosa que, aunque en tanto viva, no merezca nada de lo referido, al menos opaque parte de esas punsiones que en pro del derecho y la vida, atentan necesariamente contra ambas.

 Deshistorizar la adolescencia

Se procede pues a la des-historización de quien comete la infracción. Se anulan todos los aspectos que componen su existencia y se lo refiere a una relación cosa-acto o cosa que actúa. La historia de dicha cosa se incorpora únicamente si la misma ayuda a reforzar esta relación, como es el caso de si posee o no antecedentes similares.

Se deshumaniza el acto, por lo tanto se des-socializa, se des-causaliza transformándola en una situación no normal, no humana ante lo cual se requiere de una nueva adjetivación que en el devenir se transforma en una suerte de sustantivo con posibilidad de una sinonimia arbitraria y desfigurada. Aparece entonces la figura del menor infractor, que luego deviene únicamente en menor, asociada con las ideas más creativas de monstruosidad.

Esta categoría opera entonces como el enemigo externo, al que hay que combatir, eliminar, erradicar.

Cosas no humanas, sin pasado claro y ciertamente sin futuro, que han emergido o quizás descendido de un lugar que puede ser tanto el asentamiento que está allí, como también de un otro sistema planetario. Lo cierto es que nada tienen que ver con lo humano. Sólo han aparecido y ya están entre nosotros, sin diálogo, sin sentimientos, sin familia, sin amigos y de seguro nos vienen a quitar nuestra libertad. Semejante categoría debe ser erradicada.

Dicho final que roza la tontería, refiere necesariamente a la desproporcionalidad entre nuestros jóvenes adolescentes en conflicto con la ley, el análisis que de ellos se hace, de su intencionada mediatización y obviamente de las medidas dispuestas a adoptar.

Estamos realmente jodidos como adultos y los jóvenes tendrán que pagar por ello.

Gracias