El grito de un flaco

Eleuterio Fernández Huidobro, Ministro de Defensa Nacional

La campaña electoral viene siendo protagonizada por los dueños de las empresas encuestadoras y sus abundantes análisis desde los más poderosos medios de prensa. A ellos se agregan una gran cantidad de “especialistas” profesionales de todo tipo: politólogos, semiólogos, semióticos, psicólogos, economistas, contadores, periodistas, columnistas, analistas, juristas y un largo etcétera de comentaristas. Dejando de lado la “independencia” profesional que alegan y aceptándola generosamente como hipótesis poco plausible, lo cierto es que en su conjunto ocupan más espacio que los candidatos y los partidos aunque repetimos: en los más poderosos medios de comunicación.
Y tanto si la hipótesis fuera cierta, como si no lo fuera, esta anomalía va a dar lugar a que los Partidos se defiendan montando, tal vez para las próximas elecciones, otra pléyade de empresas y especiólogos contrincantes de los actuales para revolver bien esa mezcla y obtener como resultado un cero absoluto. La sensación térmica que se siente estando oficialmente ADENTRO de los Partidos (es decir no estando disfrazados oficialmente de “independientes”), se parece a la que (si sintieran) deberían sentir los microbios o los ratoncitos que en los laboratorios sufren la luz de poderosas lámparas, el gran “ojo” de los microscopios, y el frío metálico del bisturí.
En realidad es principalmente la población del país, inerme, la así descuartizada.
Y la sensación que sienten, según calculamos o suponemos, en la élite de los citados especiólogos, debe ser algo así como la de Supermán cuando vuela todopoderoso y tan por encima de la pobre humanidad inválida. O la de las diosas y dioses del Olimpo. Especialmente cuando fornican y se embriagan luego de cobrar (fijaos en el fino lenguaje que empleamos).
Es por lo tanto, a título de revancha, o defensa propia, o si se quiere hasta como sana envidia, que vamos a analizar también como especiólogos, pero desde ADENTRO de la campaña electoral, la campaña electoral. Acabamos de analizar como especiólogos a los especiólogos. No tenemos título – nos dirán – y es verdad, pero estamos habilitados.
Porque ningún título es habilitante por sí sólo. A pesar de que algunos extravagantes reglamentos uruguayos así lo sostengan como fraudulenta reserva de mercado, para ciertas profesiones.
Así que, como nada ni nadie nos lo puede prohibir, aunque esgriman el papel notarial donde con los sellos de goma correspondientes, figura su Diploma hasta con el BPS al día y los timbres que marca la Caja Profesional, y los aranceles pagos que marcan los escribanos, y la firma dando fe de dichos escribanos, etcétera, aunque lo esgriman, la Constitución dice, como en el posterior Paris de 1968 (con más prensa nacional e internacional hasta hoy, pero posterior) que está prohibido prohibir.
Esta frase, la anterior, que se nos escapó, es tan radicalmente revolucionaria por sí sola en la República Oriental del Uruguay, que si la perciben capaz que algún juez nos procesa. Y hasta capaz que nos echan del sistema político por “antisistemas”.
Recuerden, por ejemplo, el caso de los oftalmólogos cubanos a quienes quisieron prohibir por falta de papeles… O el caso de los veteranos jugadores de fútbol a quienes se les prohibe ser Directores Técnicos también por falta de papeles.
La “Credencial de Santos Niebla”, el gran poema de Osiris Rodríguez Castillo, sigue teniendo cruel vigencia en nuestros días.
Estamos habilitados también porque si decimos algún disparate científico o pseudocientífico estaríamos dentro de lo que hacen los especiólogos sin que nos deshabilite por ello, en Uruguay aclaremos, ni Dios. Como todo el mundo sabe y sufre.
Por lo tanto vamos a realizar una especie de “análisis semiótico” desde muy adentro de la campaña electoral, al fugaz grito de un flaco:
Ibamos el sábado, entreverados y en auto por bien adentro de una niebla de carteles, banderas, volantes, bocinas, gritos, amplificadores, música, bicicletas, motos, motores… No recordamos concretamente dónde, entre La Paz y Las Piedras en Canelones, desde una barraca o algo parecido, pero que era un lugar de trabajo duro que estaba trabajando, salieron al paso de nuestra caravana cuatro jóvenes trabajadores.
Entre tantos gritos y ruidos se nos clavó entre ceja y ceja la imagen de uno: flaco, alto, color del país subido, huesudo, fibroso, con el pantalón de trabajo sucio, atado con piola o algo así, el torso desnudo, de largos brazos levantados y puños cerrados, gritando a toda voz desde una boca en la que faltaban algunos dientes: “¡VAMO ARRIBA EL TABA CARAJO!” Obviamente se trata de una imagen fugaz, entre muchísimas; Tabaré, el aludido, que ya había pasado, iba como a diez cuadras.
Quiere decir que el grito no estaba dirigido a él.
Nos interpelaba a nosotros, nos convocaba, o aprovechaba tácticamente el momento adecuado, para interpelar y convocar al vecindario. Especialmente a algunos pocos transeúntes indiferentes a tamaño alboroto.
Fino análisis el del Flaco. Y muy fina consigna: entre las miles que pudo haber elegido y sopesó tal vez tomando mate, o que le brotó del alma en ese momento, sopesada por su inconciente desde hace décadas y desde hace mucho sudor, y dolor y sufrimiento, eligió esa.
Concisa, no dice “Vamos” dice “Vamo” lo que además de ahorrar espacio y pulmón para agrandar el grito, sigulariza: abandona el plural que diluye responsabilidades. Porque “vamos” si bien es muy correcto no se sabe a quienes compromete por comprometer a todos. Al decir de Sartre como amar a la humanidad para no amar a nadie. El “vamos” es un abstracto que ofrece escapatorias y las practica como el socialista aquel que socializaba todo menos gallinas porque gallinas él tenía, o como una señora que cierta vez nos dijo que habiendo sido fundadora del Frente Amplio nunca más lo iba a votar porque le habían cobrado el IRPF. Tanto sacrificio y renunciamiento por unos pesos.
El “arriba”, forzosamente se refiere a el “abajo”: y quiere decir muy claramente que Tabaré está abajo, pero no en las encuestas. Está en el abajo social donde también está el Flaco y todos cuantos lo rodeábamos. Y nos exige que lo levantemos al Taba porque si no lo levantamos estamos fritos.
Si alguien dudara de que es eso lo que la consigna del Flaco quiere decir, baste con el otro formidable cambio que produjo sobre “Tabaré” para reducirlo a “el Taba”. Reducirlo pero enriquecerlo porque “el” agregado a “Taba” cambia también el contenido de “Taba”.
En todo barrio, en todo círculo de amigos, compañeros de trabajo o de estudio o de profesión, rige la misma Ley: una cosa es que te digan Tabaré o, lo peor, Tabaré Vázquez, y otra muy distinta es que te condecoren socialmente con “el Taba”. En un caso ni te quieren ni te consideran un igual. En el segundo te adoptan como si fueras de la familia. Y muy especialmente: a los niños y a las niñas; a los animales domésticos más queridos, es de pésimo gusto llamarlos tan secamente como por sólo el nombre que le hemos puesto. Siempre son “el” Falucho o “la” Falucha.
Pero al llegar al “Carajo” final, la consigna entra en lo sublime.
Porque la consigna como tal ya estaría terminada con el “Vamo arriba el Taba”: tiene Sujeto (Tabaré Vázquez y todos los de abajo) y Predicado (hay que subir a Tabaré Vázquez para subir a los de abajo). Es por eso que tanto el “Vamo arriba Peñarol” o el “Vamo arriba Nacional” y todos los demás “Vamo arriba” terminan ahí. Ahorramos los largos comentarios acerca del imponente contenido del concepto “abajo” referido a los de abajo. Daría, como ya dio, para varios libros.
El “carajo” final es el principal contenido táctico de la consigna o lo que es más: es toda la táctica que necesitamos. Es un Tratado de Politología Aplicada. Porque ese carajo no es sujeto ni es predicado: es un comentario de la consigna que tanto puede ir al final como podría ir al principio. Pero es mucho mejor que vaya de remate porque si el flaco lo hubiera puesto al principio nos estaría ya no sólo acusando y conminando sino insultando lisa y llanamente. Especialmente a los frenteamplistas.
Conlleva una crítica: algo así como “¿pero qué duda les cabe?” a los pelotudos que pierden tiempo en rencillas menores, a los que no militan, a los indiferentes y, lo que es más grave, a los divisionistas concientes o inconcientes de la Unidad de los de abajo que distraen fuerzas sirviendo mejor que nadie a la Derecha.
Colocando el carajo al final, el Flaco además de conminarlos los integra o nos integra en el área de los necios pero todavía no en el de los irresponsables y, menos, en la del enemigo. El carajo, por eso, encaja a la perfección en la única táctica inteligente: faltando un mes para la veda, toda demora, distracción e indiferencia pasan a ser graves.
Nos parece que ese Flaco no estaba sobre la tierra: brotó de la tierra, parte inseparable de ella, emanación forzosa y hasta fatal de por entre La Paz y Las Piedras, la imagen que guarda nuestra memoria merecería un monumento con aquellos zapatones, el pantalón raído, la piola en la cintura, el torso desnudo, la boca sin los dientes pero con el rugido de aquelllas inmensas canteras, dedicado a que la posteridad sepa cómo, con qué y con quiénes, hombres y mujeres de granito, se edificaron las cosas, las familias, los amores, y hasta las imprescindibles Victorias populares.