El cuento del Tío

Por Eleuterio Fernández Huidobro, Ministro de Defensa Nacional

Me acabo de enterar gracias a Wikipedia que el Cuqui Lacalle en realidad se llama Luis Alberto Aparicio Alejandro Lacalle…
Wikipedia, tal vez por problemas de espacio, no agregó los apellidos que también podrían ser interminables.
Es, la verdad sea dicha, como para felicitar a su padre porque allá por los primeros tormentosos meses de 1973, antes de que naciera el Cuqui, y en discusiones a brazo partido con Doña Julia (esto lo imagino), obtuvo la autorización correspondiente para propinarle al indefenso vástago, tamaño frontispicio electoral a futuro.

No hay que hacerle: Don Luis Alberto Lacalle (el anciano, según su hijo) fue, es y será, un animal político.
Genio y figura hasta la sepultura, a la hora de tener un hijo hizo con él una pegatina como a medio siglo de distancia. Como si fuera el muro de Avenida Italia y Propios.
No sabía el actual candidato que antes de nacer ya era una pegatina.
Y claro: lo mandaron al British College (allá por Carrasco), sin consultarlo tampoco. Y no pudo vivir lo que vivió la enorme mayoría de la población uruguaya que hoy tiene 41 años en las escuelas y liceos de aquel tiempo ni, tampoco, en las escuelas y liceos privados pero no tan caros.
Formó parte, desde su nacimiento, de la élite marginada y excluída. Asunto que de por sí no es pecaminoso. Pero es algo.
Y, luego, ya bachiller, el Cuqui estudió Derecho en la Universidad Católica recibiéndose de abogado.
Ya no podemos ni sospechar a tal altura una influencia totalitaria de su padre: se ve que optó personalmente por no ir a la Universidad de la República. ¡Ni se imagina hoy, a sus 41 años, todo lo que se perdió! ¡Pobre!
Ni todo lo que tal vez perdió Uruguay en materia de líder estudiantil levantisco y atropellado.
Sin embargo anduvo, según dicen las malas lenguas, como casi toda la juventud, entreverado en problemas de drogas pero, su tercera decisión vital, esta ya totalmente suya sin discusión alguna, fué irse a vivir a un muy exclusivo barrio privado, gueto cerrado a cal y canto, casi un enclave extraterritorial: “La Tahona”.
Y uno se pregunta cómo pudo un joven militante y luchador, abdicar de esa manera. Caer tan hondo. Vender por tan pobre y aburrido plato de lentejas un futuro desafiante tan hermoso. Decidió vivir prácticamente fuera del país. Fuera de la cruda realidad y lejos de la inmensa ciudadanía. Se recluyó voluntariamente.
Mucho mas marginado y excluído, pero en sentido diametralmente opuesto, que los habitantes de Cantegriles y Asentamientos. Pero por decisión propia y por gusto.
¡Qué distinto es salir cada mañana rumbo al trabajo o a la changa o a la nada, o a la escuela, o al liceo, desde un barrio común y corriente! ¡Cómo te hace la cabeza!
Y, por fin, tal cual estaba totalmente previsto, en el año 1999, a sus 26 de edad, resultó electo Diputado por Canelones. Repetimos: tal cual estaba previsto desde antes de nacer.
Y ahí, en ese preciso momento, cometió el crimen político más grave de su hasta hoy ya larga vida: votó a Batlle. O, lo que es aún peor: al peor de los Batlle.
Traicionó a las palabras de su frontispicio: a Luis Alberto, a Aparicio y a Alejandro. Les importó un pepino.
Y, por si ello fuera poco, fue cómplice activo y decisivo, bajo la coalición rosada, de la demolición que fundió al país. Esa fue su Obra durante su primera legislatura.
Y ya no era tan joven. Ya era por ese entonces bastante viejo.
Porque a los 41 años de edad ya hace catorce que es Diputado: uno de los Diputados más antiguos del país y del mundo. Y le faltan 6 meses para completar tres lustros. Durante el primero, como Gobierno, fundió al país y durante los restantes, como oposición, se opuso a cuanta Ley favoreciera al pueblo.
Ya vimos y sufrimos esa película que hoy nos quieren vender como estreno absoluto. Peor aún: el bodrio viene de más atrás porque con él nos quieren hacer tragar al peor Herrerismo, con Trobo y todo, sin purga alguna.
Por más que su Agencia de Publicidad cobre caro y se rompa el alma, sólo le quedaba, a ella y al Candidato, intentar hacer lo que está a la vista: un Cuento del Tío.
Al decir de los viejos delincuentes presos por Cuentos del Tío tan conocidos como, por ejemplo, vender por enésima vez el billete premiado por la Lotería: – gracias a Dios todos los días nace un gil-. A lo que otro presidiario agregaba corroborando: – cuando los giles van mermando en la góndola del supermercado de la vida, por suerte viene Dios y repone…
Porque, reconozcamos: como Cuento del Tío, éste de Luis Alberto Aparicio Alejandro es muy “berreta”. ¿Pero qué otra cosa le quedaba por hacer a la Agencia de Publicidad? El propio Candidato, cuando se lo propusieron dicen que dijo: -Y sí… Jugado por jugado que sea lo que Dios quiera.
En anteriores columnas explicamos cómo el Herrerismo de hoy perpetra una gigantesca operación de maquillaje. Es un tango. Cómo es, también, un elemental Cuento Infantil: Caperucita Roja.
Hoy comapletamos la tríada: es también un grosero Cuento del Tío.
En suma: una estafa.