Compañero, hoy escribo para vos

Por Alberto Grille

Disculpame si me tomo el atrevimiento de escribir para vos. Para vos, compañero frenteamplista de la primera, o de la segunda, o de la tercera hora.

No te sorprendas, este editorial no es solamente para vos, sino para todos los que estuvieron presos, o exiliados, o que aguantaron a pura tenacidad la oscuridad de aquellos años en que le temíamos hasta al heladero y a todos los que estaban uniformados.

Para vos, el de al lado, también escribo; a vos que escuchaste los cuentos de tu viejo o tu vieja, o de tus abuelos, que oíste todas las historias de aquellos años locos en que en cada manifestación los viejos se jugaban la vida y en las que los perdigones y los sablazos eran cosa de todos los días.

Y también para vos, que cumpliste 18 años y tenés que elegir por primera vez sin conocer mucho de la historia y sin creer demasiado en las correrías que te cuentan los abuelos, esos viejos queridos que hoy ya no pueden ni caminar sin que les duelan todos los huesos, después de empastillarse todas las mañanas.

Es una carta abierta sin destinatario, o, mejor aun, con muchísimos destinatarios. Es una carta a mis hijos, a mi hermano, a mis primos, a mis sobrinos, a mis nueras, a mis amigos, a mis viejos que están muertos. Es para todos los que votamos alguna vez al Frente Amplio, aunque sea de prestado, y ahora estamos muy, más o menos, o un poco decepcionados.

Es para decirles que, por favor, tengan memoria, que recuerden los gobiernos blancos y colorados, los acomodos, los corruptos, el clientelismo, los salarios de hambre, la época de los merenderos, los palos en las manifestaciones, los balazos, las muertes de los estudiantes, los perdigones, los gases lacrimógenos, las estafas de los bancos fundidos que teníamos que salir a socorrer, los “ajustes” de la economía que eran privaciones para los de abajo, las empresas quebradas y los empresarios enriquecidos. Es para que nos acordemos de los De Posadas, los Gianola, los Trobo, los Ramón Díaz, los Lacalle Herrera, los Sanguinetti, los Bordaberry, los Batlle que hoy están escondidos detrás de esta muchachada del British y de la universidad privada que dice no tener historia.

Es para que tengamos memoria de cuando se iban nuestros hijos buscando otros horizontes, de cuando los nietos crecían en otros países sin que pudiéramos disfrutarlos, cuando se tardaba una década para conseguir que te conectaran un teléfono o cuando había que llevar la tarjeta de un senador para obtener un préstamo social en el BROU, una jubilación, una vivienda en el Banco Hipotecario, un trabajo en la Intendencia o hasta para conseguir una changa en el carnaval para ser cabezudo por cincuenta pesos por corso. No te hablo de los tiempos lejanos en que había que ser campeón mundial en Maracaná para que los políticos te consiguieran un cargo de portero en el casino.

No estoy hablando de un siglo, sino un lapso de diez, veinte, treinta o cuarenta años. Hablo de un pasado reciente en el que un médico comunista no podía ser siquiera portero del Ministerio de Salud Pública, mientras escaseaban los medicamentos en los hospitales. Y un homosexual apenas si podía ser bailarín en una comparsa. Y un negro era poca cosa; si acaso, tamborilero en los actos de la “negra” Alba Roballo.

Mirá que no te estoy mintiendo, sólo te estoy recordando para que no te olvides.

Hablo de un tiempo no tan lejano, cuando un peón rural no tenía derechos y una doméstica no tenía aguinaldo.

Hablo de hace diez años, cuando un maestro no podía pagar la luz y un profesor tenía a los hijos sin mutualista, cuando un doctor ganaba quince mil pesos y un maestro cinco mil… Y un policía, vintenes.

Eran tiempos en que la primera preocupación de la llamada clase media era pagar el alquiler, conseguir un teléfono y después pagarlo, guardar la plata para el boleto, ponerle nafta al auto, pagar la OSE.

Cuando teníamos terror de quedarnos sin laburo y había una desocupación cuatro veces más grande que la que hay hoy. Cuando nos presentábamos a un llamado de trabajo y había una cola de tres cuadras para toparnos al final con un cartel de “no hay vacantes”. Cuando un profesional o un empresario viajaba a Europa, si acaso, una vez en la vida, o compraba las cubiertas recauchutadas o los repuestos usados de autos desguazados. Cuando a un obrero de la construcción nadie se atrevía a darle una tarjeta de crédito.

Cuando los senadores y diputados tenían jubilaciones con ajuste automático y autos baratos exonerados de impuestos y producían torrentes de desaguisados, nepotismo, politiquería con los cargos públicos, préstamos sin garantías a los amigos en los bancos del Estado, daban radios y canales para los parientes.

Y llegó el momento en que tocamos fondo.

Sí, señor: un día se acabó la joda y el país se fue a pique, y a la bancarrota le llamamos crisis, y ya no alcanzaba la plata en la caja del Estado ni para pagar a los acomodados, ni al clientelismo, ni a los ñoquis, ni a los cargos de confianza, ni a los contratos de obra para los amigos y parientes de los políticos blancos y colorados.

Y allí fue Batlle a mendigar de rodillas a su amigo Bush que le diera 1.500 millones de dólares para salvar a los bancos que habían fundido sus amigos Rohm y Peirano mientras los chiquilines comían gato y pasto en los asentamientos y la mayoría de los pobres vivían en ranchos de madera y lata comiendo poquita cosa de la pura solidaridad. Y cuando todos predecíamos lo peor y los técnicos nos decían que de las crisis se salía pero mucho más pobres, llegó el año 2005 y las estrellas se alinearon para que el sol saliera al fin y alumbrara un amanecer en el horizonte.

Y se acabó la tragedia, porque la gente dijo basta y ganó Tabaré. Y con Tabaré ganamos todos, los frenteamplistas, los blancos y los colorados. Porque vivimos mejor, porque volvimos a ver a nuestros hijos ausentes porque regresaron o porque pudimos ir a visitarlos a algún país allá lejos, porque aumentaron los sueldos y vinieron los consejos de salarios, porque ya no tuvimos que hacer gambetas para pagar la luz o la cuota de la mutualista, porque renació una esperanza y fuimos más optimistas, y se acabaron las manifestaciones apaleadas, los tiros, los aprietes, las torturas, las razzias y los gases lacrimógenos, y fuimos más felices.

Y las promotoras de los bancos van a los portones de las obras a ofrecerles tarjetas en dólares a los muchachos del Sunca, que andan con camisetas rojas de las brigadas Agustín Pedroza.

En realidad no somos totalmente felices; no quiero que digan que digo pavadas. Somos razonablemente felices.

Y de ahí en más muchísimos empleos públicos se adjudicaron por concurso o por sorteo, muchísimos pobres salieron de esa condición, los trabajadores mejoraron sus salarios y su trabajo se formalizó, se respetaron sus derechos, se ayudó a los que necesitaban ayuda, se removió la tierra de los cuarteles y se encontraron algunos desaparecidos, se despenalizó el aborto, los maestros y los médicos y los enfermeros y los policías aumentaron considerablemente sus ingresos, el Banco Hipotecario –al que dejaron fundido– comenzó a dar préstamos para casas, los asesinos de la dictadura fueron presos, los derechos de los homosexuales se reconocieron, se ampliaron los derechos sociales, la economía creció y el país que estaba fundido y que pedía agua por señas pasó a tener reservas por 18.000 millones de dólares. El Banco República ganó plata como nunca y con sus ganancias contribuyó a recuperar empresas.

La inflación, que Lacalle dejó, al final de su gobierno, en más de cien por ciento, pasó a ser de nueve por ciento. La mortalidad infantil pasó del veinte por ciento al nueve por ciento. Los jubilados reciben aumentos por encima de la inflación. La clase media bate, año a año, el récord de autos cero kilómetros vendidos, el turismo crece y un millón de uruguayos viajan a Buenos Aires a comprar barato. La deuda pública bajó hasta llegar a su piso histórico, el PIB por habitante subió hasta ponerse al tope de Sudamérica –un poquito por encima o por debajo de Chile–, algunos empresarios y algunos de las capas medias más altas no duermen porque no logran decidir si el año que viene van a Europa o compran un cero kilómetro. “O la 4×4”, piensa el botudo que, repleto de guita, no quiere pagar el impuesto a primaria.

Los bancos están felices porque nadie se atrasa en los créditos, la clase media manda a sus hijos a la enseñanza privada y los restaurantes están llenos, todos los niños tienen acceso a la salud gratuita y la cobertura sanitaria se universalizó, los supermercados y los shoppings venden y venden, y los días en que no cobran el IVA revientan de gente de la mañana a la noche.

Pero no hay con qué darle. La sociedad sigue siendo muy desigual y hay gente demasiado rica y también hay demasiados pobres, y cada vez se estructura más una burocracia gobernante. Y el gobierno ha prescindido de la participación popular y la izquierda ha abandonado su discurso cuestionador y propositivo, y el consumo sigue ganando la batalla cultural. Y muchas veces se ha puesto de manifiesto la soberbia e ineficiencia de nuestros dirigentes. Y se olvidó, en el relato, nuestra memorable y heroica historia, y no se la contrapuso con la patética historia de nuestros adversarios. Y se perdieron valores y se entregaron principios.

Por eso nos decepcionamos y haraganeamos y estamos heridos y remolones. Es verdad, a veces somos un poco egoístas y nos quejamos por nuestros aportes al IRPF. No es que no queramos aportar solidariamente a ese porcentaje de gente más necesitada, pero también es verdad que el gobierno progresista tiene más prudencia en gravar el patrimonio de los ricos que los sueldos de la clase media. Y eso que no lo niegue nadie. Por eso es que nos resistimos a votar y somos esquivos cuando nos lo preguntan, porque no sabemos, o no sabemos si creer, si los caminos equivocados se rectifican.

Pero no podemos olvidarnos de lo que fue. De cuando los Lacalle y los Batlle y los Bordaberry gobernaban para los ricos. De las luchas y los sacrificios y los compañeros muertos y torturados, y de que no podríamos perdonarnos la derrota de la izquierda a manos de la oligarquía neoliberal, ahora con disfraz de “yo no fui”.

Muchos de los que votamos al Frente Amplio estamos heridos por algo, algunos porque pagamos demasiado de impuesto a la renta, otros porque sentimos que el gobierno no valora el esfuerzo que hacemos en nuestro trabajo, otros porque nos sentimos inseguros, a otros nos calienta la ineficacia en la gestión, o que los jubilados no tengamos derecho al aguinaldo. A otros nos preocupa la educación y a otros la burocracia frenteamplista. Probablemente muchos tenemos razón, y tal vez a veces nos equivocamos. Todos sentimos que será difícil volver a rescatar el sueño perdido, y otros tenemos esperanza de que con Tabaré volvamos a soñar. Algunos queremos más izquierda y otros creen que ya fuimos tan lejos como pudimos. Siempre habrá quienes crean que el listón está demasiado alto y otros que pensamos que nos falta audacia para saltar. Muchos de nosotros, además, hicimos un gran esfuerzo, trabajamos mucho, contribuimos verdaderamente para que la economía mejorara y el país fuera para adelante, trabajamos en dos trabajos, hicimos dos turnos, horas extras, atendimos tres y cuatro policlínicas, hicimos cuatro guardias semanales de 24 horas, recorrimos miles de kilómetros, invertimos nuestros ahorros, innovamos en nuestras empresas y cumplimos las ocho horas y las otras ocho del 222.

Pero no nos podemos creer que cuanto peor sea, mejor; ni siquiera pensar que sólo se aprende de las derrotas. La verdad es que estamos ante la posibilidad de una tragedia histórica –la restauración de la derecha– y sólo el triunfo del Frente Amplio podrá detenerla. Y para esto se necesita abrir los ojos y poner la alerta roja, valorar lo que se ha conseguido y reclamar lo que nos merecemos.

Al fin y al cabo, no vivimos en el País de las Maravillas, pero no queremos retornar a Transilvania, al mismísimo castillo del Conde Drácula. Es muy posible que algunos conductores merezcan un castigo, para que aprendan, pero no podemos castigarnos todos, sobre todo a los más jóvenes, y mucho menos castigar a un país.

* Publicado en Caras y Caretas el viernes 29 de agosto de 2014